
Esperé la noche, doce cuarenta y cinco y descargué el animal del camión. Pagué el flete y el camión se fue. Subí entonces con el animal atado a un lazo los cuatro pisos hasta mi departamento. Fue difícil, el animal se negaba y resbalaba al pisar los peldaños de granito pulido. Entramos a mi departamento. La razón por la cual conseguí el animal fue para procurarme una ocupación en cuarentena, un oficio, una futura posible actividad. Al animal lo salvé del matadero. El animal me salvó hasta ahora de la locura.
Perdí momentáneamente mi rutina de trabajo aunque aún gozo de sueldo. He dejado de ir a pintar escenografías al Teatro, cual funcionario con jornada laboral completa. Mi futuro laboral es incierto y no avanzaba a la locura por además estar sólo y encerrado en menos de cuarenta metros cuadrados (vale decir que los telones que pinto en el Teatro son más grandes que mi departamento). Mi avance a la locura -o lo que advierto que se consolida en mí, que llamo locura pero podría ser desgano- pensé combatirla con una ocupación, la molestia de un cuerpo ajeno que me incentivara a mantenerme activo y despreocupado de la pandemia exterior. Podía en definitiva dibujar, siempre y cuándo un sujeto como una vaca habitará mi espacio. Me encargué antes de llenar mi clóset de fardos de heno. En la medida que el forraje acabara, debía comprar más y tal como con el animal, subirlo a mi departamento de noche para evitar sospechas.
El casco de sus patas destrozaría el parquet del departamento que arriendo en Santiago centro, lo sé, destiné entonces un presupuesto para su futuro arreglo una vez que debiera irme a buscar otro destino.
Llevo dos meses con el animal y he tenido dificultades de convivencia -aunque reconozco su buen comportamiento-, que me han impedido dibujar, pues esa tranquilidad para mí necesaria, de mantener al margen a la vaca, no la he conseguido.
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Me he detenido, como parte de mi rutina a observar a la vaca, particularmente cuando se acerca al ventanal como mirando hacia afuera. Tiendo a humanizar ese gesto mientras rumia, creyendo a ratos que a la vez ella observa la pequeña callecita que justo nos encuentra en perspectiva, el curvo pasaje Juan Antonio Ríos que nos une y a la vez nos separa de La Alameda. El follaje de los árboles de otoño, los edificios de los años cuarenta seguramente construídos como una extensión del barrio cívico y los faroles que bañan la decadencia social que ahí abajo ocurre con un filtro como de pintura nostálgica. Suele ocurrir que en ese espacio temporal, cuando rebota el sol en el perfil más alto del edificio de al frente, ya pronto a llegar la temprana noche, el animal defeca su bosta y me apresuro a guardarla en un saco que al llenarlo, salvoconducto de por medio, dono a una comunidad de Ñuñoa dedicada a la elaboración de compotas para el cultivo de huertos colectivos. Yo no vivo en comunidad, hábito una zona llena de gente, de seres autónomos sin más sentido colectivo que un edificio común, una calle esbozada en el rutinario trayecto hoy interrumpido por el vacío, un barrio desatado a la decadencia con o sin gente, donde una vaca desde un cuarto piso, parece observar con su discreto avanzar, el tiempo.
Imagen: Pintura de Sebastián Piel