Posted on: Diciembre 4, 2020 Posted by: odradek Comments: 0
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Sábado de noche
Cada tanto me piro, no tanto de Madrid como de mí, que soy uno y todos mis yos a la vez, como todo hijo de vecino.
Caso típico del que apuesta por que todo viaje exterior es a la vez interior y
espera toparse en ruta con un espejo idealizado en el que mirarse, pero que
finalmente acaba viendo nada, o peor: la nada. Como si la nada no fuera
siempre todo. Y necesitemos desmentirla a cada paso.
Para quien no está dispuesto a asumir esta realidad, que es una putada
universal, existen puertas de salida. Que a poco que se abren acaban siendo las de entrada. ¿Adónde? A la nada.
Pero en fin, aquí me tengo, ahora; mi dosis de futura anécdota puntualmente recargable, cepillándome cervezas de marca Dorada y salivando con calamares rebozados en un bar típicamente rancio en Punta Hidalgo, en el medio de la Tenerife profunda, periferia de la periferia de un centro que resulta distante y pijo; rodeado de sesentones enteramente derrotados y por eso libres, entre dos tragaperras desbocadas, celosía blanca de madera enmarcando la barra, máquina de tabaco futurista al costado, trofeos plateados de alguna gesta doméstica en las baldas de arriba, MTV en la TV cubierta de encajes, y Dua Lipa dale que dale. A todo puto desastrado volumen.
Zebenzui se llama el bar. Figura en Trip Advisor, con fotos y opiniones.
Pero no pienso hacerme caso y salir -ya voy pedo-, y no pienso no perderme en este protocolo de pueblo curado en sal y mariscos; y no pienso no ofrendarme como se debe, hundido en cerveza barata, para evitar, así, celebrar lo mucho que significa no deberme. Momentos de un enorme hoy. Intrascendencia de la nada. Una nada fantástica.
Un chino ganó está mañana 250€ en monedas en la máquina tragaperras de este bar. Doscientos cincuenta en monedas de uno, de una. Metálica y prolongada cascada. Lucky Brothers se llama la máquina.
Fui testigo. Sándwich mixto y café negro de por medio: yo lo envidiada.
Querer ser él sin dejar de ser yo, ingrata faena. Ser un chino portuario, sin
anclaje conocido, ludópata serial, desarraigado y sucio de mirada, chapado en opio y nicotina. Me brotó, seguidamente, una erección justificada.
Pero no era el chino yo, claro, y pagué y me piré por la callejuelas marinas del pueblo amable, empachado de universos virtuales. Todo lo demás olía a
océano, perras y papayas. Reales.
Tan todo uno en la nada celebrada:
fantasear lo que no soy para así visitarme en cualquier parte.

Lunes de mañana
El poema más tierno del mundo lleva premisas intercambiables. Como los yos anteriores, solo que van perfumadas.
Es de Robert Creeley.
Júzguenlo ustedes:

Oh Mabel, nunca
volveremos a caminar
de nuevo las calles
que caminamos en
1884, amor mío,
amor mío.


Vas y cambias el nombre de la prota, tan a gusto, por el de tu amado/a. Lo
mismo con la ciudad que no menta o con la calle que no cita.
Puedes apostar por la fecha que te plazca. La esencia del poema se mantiene intacta.
Pero la identificación se vuelve personal y tuya; tuya la entrega, y tuya la
responsabilidad de saberte inserto, ya sin retorno, en ese bucle hipnótico.
Tuyo también el coraje de encajar el hachazo de melancolía decapitante, si vale la expresión. Que la vale.
Seguidamente, te conduces a un rincón (de tu cama o de tu alma) y lloras, con denuedo lloras.
Tan preñado de presente está el poema en su cheque en blanco de tiempo, y, sobre todo, tan canjeable en términos futuros que su apuesta resulta eterna. Ya nada le puede. La nada no le existe.
El universo perdido y cruzado de a dos ‒nos dice Creeley‒; reverso inmenso del universo encontrado.
Otra erección en camino.
Y no seré esta vez yo, serán mis otros.