Posted on: Septiembre 13, 2022 Posted by: odradek Comments: 0
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De lo que debo hablar es del prólogo de Roberto Merino, en cinco puntos. A su juicio: 

1. Existe en Stekel, una historia de disidencia con las dos humillaciones: que inventaba los casos clínicos y que no puede seguir escribiendo reseñas en la revista oficial de psicoanálisis. No alcanza para disidencia; sino que retrata una renuncia inducida. 

2. El psicoanálisis trasminó el tejido cultural de nuestra sociedad, hacia los años treinta. Incluyendo la resistencia inorgánica a la difusión del psicoanálisis en Chile. No sólo en Chile: en Argentina, a través de Borges. Y sin embargo, Buenos Aires se convirtió en una ciudad que en los setenta ya puede exhibir varias disidencias.  

3. Al menos, en Chile, en los sesenta, el lexicón psicoanalítico define un patrón común. 

4. Esta familiaridad semántica no le impide a la generación de Roberto Merino, leer a Stekel, puesto que las obras estaban en más casas de las que correspondía. ¿Cuál era la utilidad para su generación? Que en unos casos clínicos encontraban una “anticipación de posteridad” de Flaubert y Balzac. 

5. Conclusión: No eludimos la posibilidad de leer esas cosas como relatos, es más, como bocetos de novelas. 

Regreso al primer punto señalado; el de su disidencia, valorizando la acusación del prólogo en que se sostiene que Stekel inventa los casos clínicos, para que Roberto Merino los pueda presentar como ficción. Pero ya lo dije: esta es apenas una disidencia; si no una exclusión inducida. Esta es la definición de la propia escritura de Roberto Merino, en el sentido que aparece formulada en su libro Por las ramas, en que lo que hace es rescatar el estilo de Stekel en Actos impulsivos, desde la función de exclusión, con el propósito de “inventarlo” como un sujeto primordial en el campo literario, buscándole –por así decir, otro rendimiento, en virtud de un desplazamiento del encuadre. 

La edición de El suceso, por Odradek, lo que retrata es ese desplazamiento. Podría hablar de la novela de Roberto Merino, como el relato de un caso “contrapuesto”. Más bien, de un relato traspuesto al que se atribuye una cierta falta de “cientificidad” literaria.  No es casual que la publicación de El suceso y Mundos habitados tengan lugar en la misma época. Es como si una novela anunciara la habilitación de la otra, de modo retroversivo, a condición de secuestrar El suceso para activar su circulación en un campo extraño, por no decir, ajeno. De este modo, El suceso precede el control hipnótico sobre “Mundos habitados”. Ese es el control que ejerce un texto sobre otro. Porque un texto ejerce un mandato sobre otro y actúa para transferir la luz del amo. Esa es la voz que traslada el relato de El suceso a Mundos habitados, porque lo que se imprime es un exceso habitable, como escritura, es decir, como combinación de la des/habitación, del abandono de un lecho conyugal en que tiene lugar una dialéctica de la impotencia. 

En el relato de Dora, la única potencia efectiva es la de la voz que le ordena lograr el amor por la telepatía. Una novela esconde otra novela. En las estaciones antiguas de trenes, en que los viajeros deben cruzar la vía a pie, hay un letrero en que se advierte que un tren puede esconder otro tren; es decir, que un tren detenido puede impedir que se vea que viene un tren en movimiento, que puede a arrollarlo a uno. El tren ocupa un lugar clave en el relato, porque permite instalar la distancia. Pero al mismo tiempo es un gabinete de trabajo en movimiento, con horarios, billetes de transporte y pasaporte. Estas tres cosas tienen algo en común: son impresos, transportables. Se promulgan como títulos de viaje. Pero luego está el hotel. En esta “montaña mágica” de pacotilla entre un hotel y un hospital general circula un tren que traslada a Dora F como un despojo, o al menos, como una despojada. Aquí está el nexo: la memoria despojada entre El suceso y Mundos habitados que se desaguan después de una cura de agua. La novela sería el relato de una cura. De una fuga. De un desencuentro. Escribir sería como regresar a Viena, para cuidar de un excelente marido, (pero) pensado siempre en el pintor.

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