Posted on: Abril 25, 2022 Posted by: odradek Comments: 0
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Dicen que los amateur son los que realmente aman las cosas, amar por decisión no de enamoramiento y yo he decidido amar la incontrolable y vertiginosa acción de llorar en variados medios de transportes, trenes, aviones, buses, bicicletas, barcos, taxis y carretas.

Mis primeros llantos fueron en el terminal de buses, un lugar común de despedidas. Recuerdo llorar a través de la ventana del bus despidiéndome de mi papá moviendo mi mano de derecha a izquierda infantilmente mientras el bus arrancaba. Se me caían unas lágrimas pocas, que luego olvidaba en la carretera pues me esperaba un largo viaje de siete horas.

Llorar es distinto ahora cuando se es grande y debes trasladarte al trabajo o labores sociales. Los niños te miran…Una vez lloré en la 516, no había nadie a excepción de mí y un grupo de 3 chicas sentadas cerca de las puertas traseras. Me vieron llorar de forma animal, a mares, a moco tendío. Eran casi las 12 de la noche y una de ellas preocupada se paró y me preguntó si estaba bien. Yo tenía puestos mis audífonos pero la batería del teléfono se me había acabado hace horas, por lo que mi llanto era musicalizado sólo por el ruido ambiental del trayecto. Entre sollozos le respondí si por casualidad tenía confort.

Ella no tenía. Pero una de sus amigas que miraban la escena revisó su bolso meticulosamente hasta encontrar un pequeño rollo de papel higiénico que me permitió continuar mi travesía del llanto.

El cubrebocas en estos casos se transforma en tu mejor aliado, la parte inferior de tu rostro está escondida, se ocultan las muecas y  los pucheros. 

En la correspondencia de la estación Balderas Linea Rosa, perdí mi polerón negro con yin yang seriegrafíado con una tinta especial que reflectaba en la oscuridad. Me di cuenta cuando ya estaba en la escalera eléctrica camino a la Línea verde y me devolví a buscarlo, no lo encontré. Así que seguí mi camino derrotada y llorando me metí a presión a un vagón del metro dirección Universidad aplastada por la gente, las  lágrimas que caían dentro de mi cubrebocas nadie la pudo notar. Lloré porque recuerdo perfectamente el día que me lo regalaron y lo que sentí y porque ahora estando lejos esos detalles son una forma de acortar la distancia que me separa de la gente que más quiero.

Otro momento: en el metrobus número 1 en dirección a la parada de Insurgentes me puse a llorar porque recibí un mensaje que decía: pistacho y araucano. 

Continuará.

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