Posted on: Marzo 17, 2022 Posted by: odradek Comments: 0
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“La verdad me ama”.
Sylvia Plath a Ted Hughes

Cualquiera que se siente a escribir algo más subjetivo que un reporte, sea una crónica o su diario o un poema, sentirá que aunque supo cómo comenzar, con una idea o noción del tema, termina en otra cosa, en un territorio desconocido. Lo que aparece sorprende porque habla de algo que se intuía pero que no se llegaba a articular, a pensar realmente. Es lo que sucede a los poetas, para ellos y para sus lectores, escriben conectados al inconsciente, por decirlo vagamente, con algo que puede llamarse lo esencial, no deformado, los restos de experiencias remotas incrustadas pero a medias reveladas, que tienen que volver a la luz.

Dicen que todo o casi todo se graba en la niñez, en un palimpsesto hasta los 5 o los 4 o los 2 años, sobre el cual toda impresión posterior queda dibujada. Puede existir la idea de que por allá abajo, escondida y borrada, corre una verdad extremadamente clara o compleja, que se marchita en el aire contaminado del mundo normal. Son cosas, si se quiere, demasiado delicadas y enraizadas para respirar en los espacios abiertos de la cohabitación cambiante. Es un dolor que se ha querido esconder, pero que emerge imparable. Es la esencia del suicidio, como explica Al Alvarez en El dios salvaje.

Se trata con ese dios salvaje: el poeta, o también el que examina sus sueños, realiza una especie de magia en la oscuridad, un hechizo por sacar algo de lo desconocido. El lenguaje, como saben todas las madres, es originalmente imaginario y propio. Pero es lo que está entre nosotros. El acto de hablar es mágico porque se dirige a alguien, cuenta algo, hace aparecer: alguien se refiere a algo remoto y el que escucha ve lo que no está.

Pero la magia negra es más peligrosa y poco corriente. Hay varias voces, demonios, fuerzas implacables, la última posibilidad de palabra. No se trata de la escritura automática que cultivaban los surrealistas para liberar la cabeza (la fantochada surrealista, como dijo Beckett); no es solo una liberación ni una pérdida, sino un esfuerzo sostenido de excavar en lo oscuro.

A la poeta Sylvia Plath, según su amigo Al Alvarez, librarse a esta magia negra le costó la muerte. En los últimos seis meses de su vida, que terminó a los 30 años tras meter la cabeza en el gas del horno y resguardar a sus hijos, de 2 y 3, vivía sola en un departamento helado en Primrose Hill. Esa mañana estaba congelada. Esperaba a la niñera. “Por esos días escribía uno o dos poemas diarios, muy hermosos y perturbadores, en los que lidia con la muerte más intensamente que nunca”, recuerda Alvarez.

A Silvia Plath la pena le quedó grabada a los 9 años, cuando murió su padre. A los 20 trató de matarse; varios electroshocks no le quitaron la sensación de muerte. Fue alumna más brillante y en Inglaterra conoció a su marido, el poeta Ted Hugues. Al contrario de Sylvia, explica Alvarez, Hugues venía de un mundo campesino en el cual los dioses negros, los brujos y los fantasmas, eran cosa normal: eran su conexión directa al mundo inconsciente. Plath, hija de un ambiente intelectual y burgués, con Hugues aprendió a seguir esa oscuridad y obtuvo poderes psíquicos tan fuertes que, dijo su marido, hubiese preferido no haberle descubierto.

“En nombre de la poesía, él le dio la clave para entrar al laberinto de su padre muerto”, escribe Alvarez, “y ella descendió con la llave en la mano. Pero liberó fantasmas malignos. La ayudaron a escribir grandes poemas, pero destruyeron su matrimonio y la destruyeron a ella”. Hugues –que escribió sobre este proceso de su mujer en Birthday Letters– nadaba en su elemento, pero ella se ahogaba (así le dijo Jung a Joyce para entender a su hija Lucía). Plath es Perséfone, debe vivir con la muerte. Además del marido, su madre fue su única corresponsal para siempre.

Pocos meses antes, en el verano de 1962, Ted Hugues la dejó por Assia, otra mujer guapísima y llena de vida que unos años después también se suicidó (se especula que Hughes la llevó a vivir al campo y la antipatía de la familia la liquidó). Plath no alcanzó a pasar el invierno y se mató el 11 de febrero de 1963. Habría estado mal medicada, cansada, sola.

El arte genuino, reflexiona Alvarez, es un negocio riesgoso en que el artista experimenta con formas nuevas no para sorprender sino porque las formas antiguas no son adecuadas para lo que quiere expresar. En el caso de Sylvia Plath, dice, nada tenía que ver la experimentación técnica, se trataba de explorar su mundo interno, enfrentar sus demonios. “En eso su valentía y desapego artístico eran impresionantes: estremecedores, si se recuerda lo sola que estaba. Pero cuando todo terminó, no pude seguir creyendo que algún poema, por bueno que fuese, valiera el precio que ella pagó”.

Para Sylvia Plath, “Morir/ es un arte, como todo lo demás./ Yo lo hago excepcionalmente bien”. Siguió la oscuridad que pocos se atreven a decir, muy pocos con tal claridad y belleza. “Mis huesos sostienen una quietud, los lejanos / campos derriten mi corazón./ Amenazan/ con dejarme ir hacia un cielo/ sin estrellas ni padre, un agua oscura”. Esos huesos, esa pena, que parecen volver a su fuente perdida, sin tener que querer : “La raíz de la magnolia,/ ebria con sus propios aromas/ nada le pide a la vida”.

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