Posted on: Julio 25, 2021 Posted by: odradek Comments: 0
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A Hernán Covarrubias Pallamar.

Estoy tan sola. Mi marido no se ocupa de mi. Mentiría, si dijera que es malo, qué va a serlo, si es un pan. Se lo pasa en el piano. Apenas anochece come y parte a tocar. Usted sabe que está en una orquesta y lo consideran mucho. Suelo estar dormida cuando regresa y entonces quiere contarme cómo le ha ido. “¡’Déjame dormir, por favor!” le digo.
De día ando sin saber qué hacer, no tengo quien me acompañe al teatro. Pierdo las mejores películas, los conciertos y para qué hablar de ir al parque. Una vida así, como la mía, no tiene asunto. Y ahora que está de tiempo tan bonito –y miré los árboles dorados a través de los cristales–. Era una rubia en camino hacia el otoño, de rostro serio y formas expansivas. Fuera, con la brisa, crujían las hojas.
Hallábase en el café con un profesor reposado, de bigote, que la miraba con atención, pero sin recoger la sugerencia. Conocía a la pareja desde que llegó del extranjero con otros refugiados. El pianista era algo más que cincuentón, ensimismado, de carácter dulce. Ella tenía hermosa piel y buen porte; era espontánea, graciosa a ratos, pero únicamente proyectada al exterior. El marido vino al café, a diario, en las primeras semanas de su arribo. No bien le contrataron, desapareció.
La rubia necesitaba divertirse con los ojos, bailar, tal vez conocer a otros hombres por si entre los, extraviados, surgía ese gran amador con que sueña cada mujer, de sin par encanto varonil, que le traería joyas, bombones y flores (¿qué mujer, aunque viva en una caverna, no adora las flores?); que le construiría una casa con ventana al mar; un hombre que la llevaría a una comida suntuosa en que el escote es obligatorio; que insiste en ver solo con ella tal drama o sainete; hombre afortunado que acierta en la lotería y la lleva a otros mundos, sin reparar en gastos; que le dice con voz y palabras diversas que la ama, no, que la idolatra; que la siente crecer en belleza cada día; que si ella dejara de quererlo sucumbiría de pesar; hombre atento a su Capricho que, no bien ella exclama: “¡qué hermoso vestido!”, a la fuerza la introduce en la tienda, y el vestido, en una caja preciosa, los espera en casa a la llegada.
El profesor, pasajeramente, se sintió atraído por su lindo cutis y por la piel de su cuello y de sus brazos. Sospechaba que la oculta no desmerecería. Sin ánimo de contárselo a ser viviente, ansió besarla en contorno. Era indudable que, de favorecerlo con esta merced, ella la condicionaría. Podía ocurrir que la rubia, cumplida la prueba pasional, resultara un clavo. Una bonita figura satisface al ojo, y ella apenas la es, pero si el espíritu no juega entre mirada y mirada y entre labio y labio, lo que se recibe en un día, en ciento o en mil, es dulzura insípida, humo. Su lejano origen lo hacia sospechar que jamás seria suya del todo, aun en el caso hipotético de enamorarse de ella. La rubia dejó raíces en un lugar remoto y desconocido para A. En cambio, con Isabelita, su amiga, a la cual seguramente se uniría, aunque oriunda de un extremo del país, no había cosa, idea o parecer de uno que resultara ininteligible para el otro. Un país posee una atmósfera absoluta. Cada paisano, sea del rincón que sea, la expresa, la refleja, la representa.
Apenas pudo varió de conversación y con miradas de soslayo se despedía de su tez suave, con la tristeza del que por seguir un camino pierde el fruto de los demás. El profesor venia al café, con amigos, a menudo. Hallaba a la rubia conversando con algún prójimo, y si éste no era de apariencia inicua, quejábase de abandono.
Un químico, también conocedor de la pareja, manifestó, al profesor:
– Comprendo que el marido de esta señora anhele ser un buen ejecutante, un virtuoso. ¿Así se dice? Ensayando una y más veces halla placer. Es algo que nadie le podría arrebatar. Sin embargo, por ser casado, tiene la responsabilidad de otra persona, ¿no es cierto?
– Así es –intervino el profesor– pero a la rubia nada le falta. Viste bien, fuma, tiene para gastos de calle dispone de su tiempo. Es un poco superficial, ¡no me lo negarás! no sabe entenderse sola. Tampoco es una niñita para pasearse con ella de la mañana a la noche. Otras recuerdan hechos. Tú sabes lo fina y profunda que es en las mujeres la memoria emotiva. Algunas imaginan tintas, que su vida pudo desenvolverse de otra manera y la desarrollan en ese plano ideal, disfrutando horas y horas con tal ensoñación. Eso es lo que en prosa se llama tener vida interior. La afortunada que la posee no estaría nunca sola, porque así, con su fantasía, crea su felicidad.
– Nos apartamos –replica el químico, hombre huesudo mirar serio–. Si tú eres casado, es mi caso tú señora puede ser anodina, con tal o cual defecto. No es razón para que te desentiendas. Te gustará a morir la música, el dibujo o la invención, pero llegada cierta hora hay que dejarlo todo y salir con ella al cine, acompañarla a una visita, invitarla a un restaurante. Queramos o no, nos debemos, no solo a la mujer, sino a muchos parientes, amigos y conocidos. A extraños también. La gracia es hacer por alguien lo que hasta pudiera sernos penoso.
– Considera que la rubia también se debe a su marido. Ella, ¿le compondrá la ropa, tendrá la casa como se debe, lo apoyará? Acepta que alguien recoja su insinuación y la lleve al baile, al teatro o a un lugar boscoso. Estaría feliz con la animación o con la belleza, ¿cómo dudarlo?, pero debe condescender con su invitante. Empieza el lío o el nudo. ¿Cómo procede, rompe con el nuevo, sigue con su esposo, quién gana, quién
pierde ? ¡Sépalo Dios!
– iDiablos! -exclamó el químico mirando su reloj-. Me espera mi señora, y con lo impaciente que es… ¡Paga tú! -y se alejó a largos pasos.
Mientras, la rubia se lamentaba ante un varsoviano joven y vigoroso, comisionista de suerte, también refugiado. Este la estuvo mirando a los ojos unos instantes y se puso de pie ¿quería irse? Decidido la invitó:
– ¿Por qué no te vienes conmigo? Gano lo suficiente, tengo dos cuartos, soy solo, me basta salir. ¿No nos entenderíamos? -y seguidamente miró su cuello, su busto, sus ojazos y la hora.
– ¡Pero Michal! Tendría que hablar con mi marido, esperar unos días. ¿cómo dejarlo tan de repente? Además, necesito llevarme la ropa.
– ¡Qué marido ni qué ropa! Te vienes conmigo, te compro lo necesario y se acabó. ¡Decídete!– y remiró su reloj.
Ella vio ante si un abismo y en torno el caos. Su esposo era bueno. Le apenaba abandonarlo de sopetón. ¿Y si cambiara? No, no habría fuerza que lo alejase del piano. Michal si que era resuelto y estaba segura de que la quería. Copiosos lagrimones se escurrieron por sus tersas mejillas. El enérgico polonés seguía erguido, a punto de mirar nuevamente su reloj. La rubia enjuagó sus lagrimas y se cogió del brazo fuerte.
No se les vio mis en el café.
Al mes, inesperadamente, porque hubiera evitado el encuentro, ella tropieza con su marido y queda sin saber qué decir ni cómo irse. ¿La mataría?
El pianista, que caminaba con paso macilento, como buscando, ¿qué? no bien la vio, la tomó de una mano con desesperación, y mirándola enojado, no furioso, habló a borbotones, a gritos, gesticulando con su otro brazo –
– ¡Qué porquería de persona eres tú! Abandonas tu casa, dejas a tu esposo sin aviso. – Crees que es conducta de gente? Eres un animal, te vas como un perro o un gato, no, los son más fieles. No debería mirarte. ¡No te avergüenza tu proceder. ¡Contesta! ¿Tienes que reprocharme algo, te faltó pan, te faltó ropa, te faltó dinero, te faltó cama, te maltraté? ¡Contesta! ¡Tú debes comprender el apego que ahora puedo tenerle a la casa, abandonado el día entero. ¡Matarte seria poco! –le soltó la mano. Su voz se transformó en dormida-:
Ni siquiera puedo estudiar tranquilo; salgo a vagar. Estuve enfermo una semana. iEs terrible! –se quedó unos segundos mirando al suelo y, en seguida, con tono, forzadamente pulido, que procuro fuera acariciador,
agregó: ¿Cuándo te vienes?
La rubia respiró profundamente, agradeciendo al Creador no recibir ninguna bofetada, aunque las dio por seguras.
– Pero, ¿cómo podría hacerlo si vivo con Michal?
– No veo la dificultad. ¡Te vienes con él!
Ella quedó en suspenso. Antes de responder lo miró hasta el fondo de los ojos, más adentro aún. Cuando al fin comprendió tuvo pena:
– Debo consultar a Michal y luego te diré lo que acordemos.
El músico había conocido a la rubia temprano, cuando ésta dejaba la adolescencia. El era joven. No le cabía duda de ser famoso con los años. Empezaba su afición a la música. De la rubia sabia acaso tanto como de sí.
La consideraba una prolongación suya, imprescindible como sus manos o sus piernas. Le tenia confianza, pese a sus defectos. Sus nuevos amigos, si atentos, le resultaban a menudo incomprensibles. El idioma adquirido lo entendía por fuera, pero los matices se le escapaban, de modo que sin la rubia su soledad era pavorosa.
Desde hacia años hallaba placer únicamente en interpretar a sus compositores predilectos. Los sonidos lo adentraban en una zona sin contrariedades, protectora, de dicha permanente, que le ofrecería novedad aunque viviera tanto como los hombres de la Biblia.
Sin embargo, al ser abandonado por su mujer, comprendió que ésta también lo protegía con sólo caminar por las habitaciones, con su canturreo. Es verdad que apenas hablaban. No obstante, al decir “ha cambiado el tiempo” estaba cierto de que ella sentía cual era su ánimo: si alegre, triste o cansado. Suficiente le era esta comunicación indirecta, pues seguro estaba de que ella, en caso extremo haría por él cuanto pudiese.
El mal quizás consistiera en que él tenia una razón personal para vivir: el piano, las posibilidades sin fin que éste le ofrecía, mientras la rubia, por carecer de un interés propio no era soñadora ni inclinada a la religión vivir, tenía que vivir de alguien o para alguien.
Es evidente que mi conducta –pensó el músico– se aparta de las normas comunes que todo individuo elabora para no perderse en los caminos del mundo; pero, desde la profundidad de su ser, lo urgente era la compañía
de la rubia. Con sólo tenerla al alcance de su voz, volvería a integrarse.
La rubia apareció al subsiguiente día. Miró el hogar como si recién empezara a verlo y su esposo le fuese vagamente conocido. Todo se hallaba en mediano desorden, sin excluir la vestimenta del músico.
– Conversé con Michal. Al principio se negó. Exclamaba una y otra vez: ¿qué pensaría la gente? Michal es muy delicado. Dijo, al fin, que no podemos venirnos sin una razón. Distinto seria, son sus palabras, si tuviéramos algo nuestro en tu casa. ¿No nos podrías vender los muebles ?
– Qué más da. Será como ustedes quieran. Con tal de tenerte cerca acepto cualquier solución. ¡Vénganse al momento! ¿Los espero a comer? Es mi día libre.
El músico se reservó dos piezas, las últimas. Con las demás se quedó la pareja. La rubia manejaba la casa cantando o ratos. El piano se oía distante, a horas regulares. Ella se defendía con una radio que le obsequiara Michal. Solían verse los tres al mediodía. Si Michal no llegaba, almorzaban los dos. Al músico le gustaba entonces recordar lo vivido por ambos. Uno y otro se referían a hechos gratos. Habían entrado en un encanto que no querían alterar
Como Michal era callejero, el músico alguna vez lo veía abriendo la puerta, a medianoche, y cambiaban breves impresiones de aliados inevitables, porque si Michal dejara de sentirse bien allí, él perdía a la rubia. Sin esfuerzo le fluía al músico una reflexión tierna que, en los recovecos de su espíritu valía por ¡no te vayas!