Posted on: Julio 7, 2021 Posted by: odradek Comments: 0
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No creo exagerar si digo que he tirado todos los tipos de caña posibles y en todas las circunstancias hosteleras a mano; a todos los clientes imaginables, de mañana, noche y madrugada. Las he tirado en ayunas, de empalme, con tres lonchas dentro, o pringando por no tener nada. O ciego de petas, o directamente como una farmacia de empastillado.
Cañas, dobles, copas, pintas, minis: todo lo he tirado. En vasos de tubo, antes; en jarras de diseño, ahora. Hasta en chupitos las he puesto, al ras de la cordura, y sin esa espuma muerta, claro.
El currículum es dilatado: restaurantes de cinco tenedores de Chamberí, terrazas gafapastas de la Latina, antros de techno oscuro de Lavapiés, bistrós mínimals de Chueca. Me las pidieron silentes y enrollados algunos hípsters en Malasaña. ¿Que había de fondo una partida de mus? Pues nada, ahí iba yo por delante despachando las claras, con Casera o con limón; algunas iban con Red Bull o Fanta naranja.
En cervecerías de franquicia, por supuesto, también las he tirado -chaleco negro y pajarita roja-; y hasta en la Milla de Oro de Salamanca (aquí eran derechosas las cañas).
Y todas sin mala espuma, dicho está, sin esa baba gris amianto que vuelve baldío el vaso, como jubilado. Puestas bien puestas: la corona de espuma en la boca del vaso, al ras, y los tres centímetros de crema limpia en su exactitud matemática, domesticada.

Me han caído en la nuca y de canto los años, y sigo en esta suerte de sacerdocio laico. Hoy capeo en cualquier bar, pero mi filosofía y mi entrega algo han cambiado. Ahora, si se trata de dar pábulo al respetable (tan divino y tan de mierda, a partes iguales) las cañas salen anunciadas con coartada científica: que los efectos diuréticos y energizantes; que las propiedades del ácido fólico, los minerales, la fibra y el calcio. Todo eso que tampoco es nada.

Con el bar petado, el nombre de uno está en boca de todos, pero eso no importa. Uno es simplemente ese que está detrás de la barra. El señor de las cañas. El depositario de la sed ajena colectivizada: el maestro de ceremonias consumado.

Y te pueden llamar Sileno un jueves, Dionisio un sábado, da igual; solo cuenta que la birra que circula sea birra helada; esa que los poetas latosos de la noche llaman el zumo ámbar o bien, ya cursis (este punto es inevitable), la alegría fermentada.
(Fermentada tu inspiración, capullo).
Tanta demanda de atención suele generar cierto regodeo narcisista; un empoderamiento de rango menor, es verdad, pero una cuota de poder ejercida con causa: administrar la ansiedad ajena y la sed no ventilada. Un principio de autoridad efímera es decidir a quién dar y cuándo.
Un desquite social tal vez. Una chulería no tan vana.

Como son años en esto, he desarrollado una íntima habilidad -marca de la casa- y cada caña tirada es una puesta en escena. Un danza hecha de cintura y manos, casi como una coreografía atávica.
Consuela pensar que por tenaces como yo tiene la posta asegurada esta ofrenda dirigida a dipsómanos, flipados, beodos, alcohólicos, pedistas, ajumados, curdos, colgados, piripis, mamados, ebrios, ahumados, cufifos, pimplados, bolingas: con mayúscula borrachos.
De modo que me luzco, y doy un seco giro de muñeca directo a la yugular del grifo. Zas: el chorro dorado se clava vertical en el vaso. Y el presente seguirá por siempre líquido, aunque el futuro pinte graso y gaseoso.
En ocasiones así, dependiendo de lo que lleve encima, y de cómo pegue encima lo que lleve, me veo transformado en un samurai -sobrado de resolución corporal- blandiendo fino el filo plata de la hoja niquelada. La caña es la flecha zen que colma el centro, un disparo con los ojos cerrados.
Sí, claro. Fantasías brumosas. Nulamente sofisticadas. Nítidamente justificadas.
En fin. Camareros mortales, nosotros, simples continuadores de un oficio que pulveriza eras y nombres y bares y pedos y culpas y llantos. Y vomitonas en el piso y en el baño.
Involucrarse entonces era esto. Nada, no obstante, que no se haya hecho antes. Nada que los del gremio no sepamos.
Ya lo dijo Cortázar: un fuego es en realidad todos los fuegos; el fuego vestal de cualquier templo ajado en Roma es el mismo, hoy, que el del fogón de una cocina de diseño en Manhattan. O que el de una fonda fantasma de Legazpi.

Un cliente me pide ahora una caña, ajeno a mis divagues. El mandato es música para mis oídos, una especie de imperativo ético de cumplimiento obligado; saciar el deseo Otro para nivelar de alguna forma el propio.
Y yo la tiro, claro.
El fuego que es todos los fuegos, la caña que es todas las putas cañas.