Posted on: Abril 23, 2021 Posted by: odradek Comments: 0
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Hablar de un libro como Fíbula (Valparaíso: Aguarosa Lab, 2021), de Natalia Berbelagua (Santiago, 1985), resulta difícil si entendemos la crítica como una práctica de iluminar un texto. Esto porque Fíbula es desde ya el registro de un sacar a la luz: supone en sí mismo una cámara absolutamente oscura sobre la cual lo literario no puede irrumpir sin deslegitimar la operación misma de registro que este libro contiene.

¿Corresponde psicologizar a Fíbula? El mote de “psico-ficción” no cabría duda si no fuera porque este “género” se aplica intuitivamente a creaciones de muy distinto tipo tan solo considerando que poseen un carácter de registro de experiencias internas desde una subjetividad extrema. Y la experiencia íntima que constituye este libro tendríamos que suponerla en la autora y no en la narradora, ya que Fíbula es, en general, un relato, en que se puede apreciar un orden y una estructura, y que se refiere de manera expresa a acciones en sentido efectivo y eventos exteriores. Hasta la tentadora calificación de “alucinatorio” no quiere acá aplicarse tan fácilmente.

Se trata de la narración de una travesía de transformación. Como tal, siguiendo esta inspiración -bien probablemente la más antigua dentro del registro occidental a partir del Poema de Gilgamesh-, el pacto narrativo obliga a una renuncia casi total de verificación por parte del lector, dado su inevitable carácter fantástico, anclado en la intimidad a través de símbolos y con una difícil -virtualmente imposible- transmisibilidad de lo experimentado. Fíbula juega, de hecho, a sugerir permanentemente su carácter de alucinación -incluso hacia cierto aspecto psiquiátrico de esta-, en una operación de permanente mareo de expectativas: dicho en simple, el lector ingenuo va a suponer que en algún momento “la enferma” despertará de sus visiones, y el personaje de la secretaria se revelará de manera transparente como una psiquiatra, etc. Pero esto no ocurre: la posible conciencia de estar alucinando (de que haya un “mundo real” más acá de lo narrado) forma parte de un entramado que solo se sostiene si asumimos la realidad absoluta del mundo narrativo de Fíbula

En torno a esto, la curiosa analogía que se despierta a partir de la relación entre fíbula y fábula, y la ya clásica entre la nivola unamuniana y novela, toma una significación profunda: Unamuno quería postular una obra que nublara en vez de transparentar una realidad, esto es, una inversión de intenciones; la fíbula de Berbelagua ya no es un “doble” fantástico de nuestro mundo, dependiente de este por su finalidad (como es la fábula), sino que un mundo en cuanto tal, autónomo, cuya “finalidad” (su posible aspecto ético) permanece y termina suspendida. El mismo lenguaje transparente de la fábula se hace imposible en un mundo en que el lenguaje pierde completamente su transparencia, en que las palabras desean mostrarse desde su superficie, exponerse, problematizando su capacidad comunicativa:

Las palabras se independizaron del pensamiento junto a la desaparición del resto de la raza humana. Y ya libres de las bocas que las pronunciaban o de los cerebros que los unían a las cosas, aparecieron sistemáticamente en el cielo. Se agruparon, danzaron unas con otras, se aparearon y devoraron entre sí. Las más débiles estallaron o mutaron. Nadie dio una regla para separar a las correctas de las incorrectas, tampoco sus normas de clasificación. Lo único claro fue que al llegar el atardecer brotaban cerca del sol y la manera de no sucumbir frente a esa vida literal era que la Última Mujer intentara mantener la calma elevando la voz, sin mirar el cielo a cierta hora, que actuaba como una extraña pizarra. (p. 26)          

Estas palabras proyectadas en el cielo después de una catástrofe que barre a la humanidad aparecen ligadas de alguna forma al bautismo del personaje que solo conocíamos hasta la página 61 como la Última Mujer como Fíbula:

Recibió el papel que cayó del cielo y lo puso a secar al sol para quitarle el agua pútrida de la muerte. La tinta se fue coloreando hasta leer el nuevo nombre que le habían dado: Fíbula.

Fíbula (el término latino para aguja) designa en castellano cada una de las piezas metálicas con que se unían las prendas que componían el vestido antes del uso de los botones. Como tales, estas son las que dan sustento a los retazos de tejido (de texto, de trama). Este bautismo es la asignación de un deber de cohesión, en un momento en que la cohesión de sentido ha perdido cualquier carácter social (carácter que se funda en la posibilidad de internalizar, asimilar un lenguaje) dado el extrañamiento extremo de la protagonista. Por ello, resulta significativo el carácter abismal de su tarea:

Si hubiera podido coser el mar, le habría quedado perfecto. El hilván entre ola y ola, remendada de manera obsesiva, contendría la fuerza de la orilla que estira la espuma. Si su abuela hubiese tomado un rumbo esotérico, podría haber cerrado el cielo con sus agujas, ahogando a las palabras, en un ejemplo sin precedentes de la arbitrariedad sobre el caos. (p. 64)

Por esto, tanto el carácter preciso de la catástrofe que se supone que acaba con la raza humana, como el rol ominoso de la naturaleza como fuerza amenazante, no deben ser tomados ni siquiera como enigmas, sino como piezas, imágenes que se deberán armar, urdir, en la expectativa de una trama posible. Fíbula no desea entregar su sentido en el plano de la anécdota, sino que en la visión de su conjunto, característica que acaba por convertirla en obra poética. No otra cosa nos dice la construcción misma de los fragmentos que la componen: textos que no alcanzan la página y que están construidos con una cuidada rítmica que produce la vívida sensación de estar leyendo versos. Todo en Fíbula indica una voluntad estética de síntesis.

La afirmación audaz de la realidad de otros mundos parece llamar a mencionar la palabra surrealismo. Sin negar el vínculo entre esta escritura y la actividad surrealista (y muy en particular con la obra, tanto literaria como plástica, de Leonora Carrington), adscribir Níbula a una escuela o doctrina específica sería una manera fácil de leerla, la domesticación de un texto que está lejos de agotarse en una clasificación. La Psique de este libro entrega un recuento preciso de su travesía a un Hades que no puede ser visto literariamente, sino solo apenas transmitido a través del texto.

Berbelagua confirma con este libro que lo suyo es el desafío consistente a las expectativas no solo de los lectores, sino de lo que espera nuestra proto-industria editorial. El carácter radical de sus búsquedas, por sí solo, la hacen una voz absolutamente excepcional dentro de la literatura chilena actual.


Imagen: Krasna Vukasovic