Posted on: Agosto 31, 2020 Posted by: odradek Comments: 0
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La virgen apareció justo sobre un edificio alto, de esos que construyeron en primera línea. Para mí fue problemático verla aparecer, porque no creía en dios y porque estaba jalando la coca falsa que se había conseguido el Rafa el día anterior. 

No sé cómo explicar quién era el Rafa ni quién era en relación a  mí:  mi amigo, mi hijo, mi enemigo, mi pareja, todo junto. Lo que sí, es que andaba siempre detrás mío, pegoteado, tropezando con la basta de mi pantalón, recogiéndome las babas. Se me apareció y yo me le aparecí a él, igual que la Virgen María, y nunca más nos pudimos deshacer el uno del otro. 

En la mitad de mi visión de la Virgen, el Rafa me preguntó que dónde andaba. Me había pegado.

– Mirando a la Santa Señora- le dije, y él falsificó una risa, que resultaba triste por su cara desnutrida.  Él no veía a la Virgen. En todo caso, no me costó convencerlo. Traté de mostrarle lo que veía pero era como hablarle a una paloma. Me burlé de su incapacidad para concentrarse en un punto fijo. Humillado por mis burlas, me alejó de él con una palmada y me dijo “sí, ahí la veo”.  Lo dijo para que lo dejara tranquilo. Al ver a la virgen, sentí que por fin había un testigo de nuestra relación extraña. Quizás ella oficiaría de juez. Quizás determinaría quién era el malo de nuestra relación o, como dicen los niños chicos, quién había partido primero.

La virgen tenía tetas y barba. Hablaba más como mujer que como hombre, pero no tenía nada que ver con una mamá. O, al menos, no con la imagen que yo tengo de las mamás. La virgen parecía una solterona menopáusica, esas que encarnan la amargura pero que en realidad se regocijan en su facultad de aparecer y desaparecer cuando tienen ganas, y nadie se lo reprocha. 

Siempre he pensado que ser invisible para algunos es una maldición, pero para otros, como el Rafa, es un superpoder. Por eso se mataba de hambre haciendo ayunos intermitentes. Se lo recomendó don Marcos, el que nos arrienda la casa: “No tomar desayuno ni almorzar; sólo comer en la noche, algo liviano”. Pero el Rafa no comía nada. Cuando se acostaba de lado, le dolían los huesos de la cadera, entonces tenía que dormir de espalda. Ya no tenía ganas de hacérmelo porque no se le paraba, y cada vez estaba más mansito, cada vez se enojaba menos, ya no me pegaba y no me buscaba la pelea.  Me recordaba a un gatito flaco.  

Cuando salíamos a comprar, le decían, con tono de preocupación: “Rafa, de repente vas a desaparecer”, y Rafa se ponía contento.  Decía, para tranquilizar, que comía a las 4 de la mañana y que con eso quedaba listo. 

Me acuerdo que, de chica, los niños se enorgullecían de ser capaces aguantar la respiración. Más de grande conocí a una niña que me dijo que podía pasar 2 minutos enteros sin pestañear. Yo aproveché de darle un beso en la boca pero se enojó y se fue. Ahora pienso que esas competencias eran para ver quién parecía más muerto. Hay gente a la que no le gusta vivir, y que está pidiéndole al mundo que la mate.

 Yo no creía lo de las 4 de la mañana; no lo escuchaba trajinar en el mueble de la cocina. Además, despertaba con la cara gris y aliento a hambre, un olor metálico que se queda pegado en el aire por varios segundos. Quizás por eso nadie nos creía lo de la virgen, porque desde que lo contamos, nos miraban demasiado las caras, nos olían los cuerpos.  

Dimos una entrevista. No nos avisaron, solo llegó un auto del que se bajó una señorita con pelo liso y jeans nevados. Tenía una parka rosada fosforescente que se reflejaba en su cara. Olía a mata hormigas.

Como no nos avisaron que venían, no tuvimos tiempo de arreglarnos. Ahora pienso que, de haber sabido, me habría puesto mis jeans negros y mi beatle celeste, que me hace ver elegante pero no recargada.  Pero ahí estaba yo, frente a la cámara, en buzo y con una polera vieja del Rafa que uso para hacer el aseo. También tenía el pelo cochino porque no me gusta bañarme en la mañana, a menos que tenga que ver a algún cliente.

Nos hicieron varias preguntas. Yo estaba sobria. El Rafa no sé, él dice que sí, pero contestó puras huevás. Dijo que la virgen era “hermosa como una gota de rocío” y que “su voz era como la melodía de mil ángeles guagüita cantando a poto pelado”. El camarógrafo se aguantó la risa.  La periodista después me preguntó: “¿y qué mensaje le entregó la virgen?” Y me quedé en blanco. No me entregó ningún mensaje. Traté de salir del paso, porque una vez escuché que lo peor que se puede hacer cuando uno habla en público, es decir “no sé”, así que dije que me había entregado un mensaje muy hermoso pero muy complicado, que no todos podían entender. No sé de dónde saqué la cara para mentir tanto, pero sentí que me creyeron.  

Después de que la periodista se fuera en su auto con el camarógrafo, entramos a la casa y le dije al Rafa que si volvía a robarme la palabra frente a la cámara, lo echaba de la casa. Por su culpa nadie nos iba a creer, y se me apretaba la guata pensando en la periodista, que se había tomado la molestia de venir a esta playa fantasma para encontrarse con los videntes más decepcionantes de la historia.

En la noche no podía dormir. Quería llamar a la periodista y decirle que el Rafa no había visto a la virgen, que lo de los ángeles era puro invento, que quería que me entrevistara a mí sola. En realidad, quería decirle que el Rafa y yo no éramos lo mismo. ¿Por qué la gente pensaba que lo que decía él, era lo mismo que lo que decía yo? Quería contarle, en privado, y a la luz de su parka rosada, que el Rafa se me había pegado hace 10 años, cuando era un pendejo achorado, hediondo a pipí y muerto de hambre, y que no sabía cómo deshacerme de él. Que hacía tiempo que estaba pensando en irme y dejarlo botado, pero que justo cuando yo estaba mejor, fumando menos y sintiéndome distinta, él había empezado con la tontera de no comer. Decía que era el único dueño de su cuerpo y que podía darle la orden de tener o no tener hambre. Además me cuenteaba con que su dieta era buena para el bolsillo, y que una boca menos que alimentar me alivianaría la carga, que tanto tenía que trabajar para mantenerlo.  Yo encontraba que estaba loco, y no era capaz de abandonarlo; él me había aguantado en mis momentos más feos. Una vez le quemé la cama, de puro curada y enojada. Terminamos llorando, abrazados frente a la fogata. Cuando despertamos me dijo: 

-Lo que más me enoja, es que soy capaz de perdonarte todo. Contigo yo no tengo orgullo, porque tú me recibiste.

Las señoras de la casa de al lado nos decían: “ahí van los drogados de la virgencita”, como si fuéramos un par de piedras del cerro, cafés, duras, iguales, secas y mezcladas con el paisaje. Eso sí, algunas personas nos creían, sobre todo después de que vieron a la gente de la tele. Era raro, porque los menos creyentes nos empezaron a tratar mejor, pero a los más beatos les dio envidia. A una señora que tenía un carrito de comida rápida le pareció injusto que nosotros saliéramos en la tele, siendo que no teníamos trabajos honrados y que nos dedicábamos a drogarnos y a pelear y llorar y carretear mientras ella se rompía el lomo desde las 5 de la mañana hasta las 10 de la noche. 

Salimos en la tele. Mi pelo no se veía tan sucio, menos mal.  Igual no importó, apenas nos vimos: mostraron miles de imágenes de la virgen apareciendo en otros lugares: en Italia, en España, en Rusia. Acá no. Acá en Chile, la única prueba de la aparición era mi testimonio. Las frases tontas del Rafa hicieron reír a la gente del matinal. De repente, una de las mujeres de la tele dijo: “Yo no quiero ser aguafiestas, pero se corre el rumor de que los videntes estaban drogados. Quizás, esa supuesta visita de la virgen no fue más que una alucinación, o una mentira. Hoy en día la gente es capaz de cualquier cosa con tal de salir en la tele”.

No sabía dónde esconderme. Salir a la calle sería un suicidio: todos los vecinos sentirían la vergüenza de ver al pueblo, pequeño pero digno, famoso por su caldo de choro en paila de greda y por sus elegantes calles empedradas, bajar de pelo por la historia de los loquitos del cerro negro. 

Pensé quién podría haber abierto el hocico. Podría haber sido la vieja del carrito de comida, pero también las señoras de la casa de al lado. Se creen refinadas porque tienen hijos que les dan plata, se pasan el día rezando en el antejardín. 

Fuera quien fuera, por su culpa, nadie me creería. Nadie me iba a creer que jalé puro polvo blanco, puro bicarbonato, sal de mar, cualquier basura molida por algún amigo hediondo del Rafa. 

Cancelé a todos mis clientes por diez días. Inventé que estaba con gripe. Me rayaron la puerta con pintura: “La virgen no le habla a las putas”. Los cabros chicos me reventaron huevos, y el hijo del dueño de la carnicería llegó con amigos en su camioneta para tirarme interiores de chancho. El Rafa se reía mientras yo limpiaba, y me decía: “Eso te pasa por creerte superior. Alguien tenía que bajarte del pony”. 

Los ayunos del Rafa se hicieron cada vez más largos, y cuando tomaba copete vomitaba al tiro. Se pasaba el día echado y molestándome con lo de la virgen: “La virgencita de las maraaaaacas”. Ya no me hacía caso cuando le decía que no tomara. Ya ni siquiera se daba el trabajo de mentirme como lo hacía antes, cuando me miraba y me decía: – Sí, ya me voy a mejorar. Voy a comer y voy a dejar de tomar. 

Ahora, sólo escuchaba mi voz suplicante, y después decía: amén, mi santísima virgen. 

Pasaron los días, y con ellos los rumores. Ya nadie me tocaba la puerta en la noche para asustarme. Parecía que por fin se habían olvidado. Pero yo no: yo necesitaba contar  bien la historia, limpiar mi nombre. Me hice un moño apretado, me puse toda la ropa negra que encontré y salí a tocar todas las puertas de los vecinos pidiéndoles un minuto para conversar. Alguna gente me cerraba la puerta en la cara. Los viejos me hacían pasar y me pedían que los atendiera pero no, yo no andaba trabajando, yo quería hablar de algo serio. El más pillo fue el cura, que me dijo que si no le hacía un favorcito iba a decir que estaba loca, y que si me portaba bien, diría lo que quisiera. 

Me puse a llorar ahí mismo. Tanto esfuerzo para nada. No había convencido a nadie. 

-La fama a uno lo antecede -me dijo el cura. 

-Pero la gente de la tele no tenía cómo saber lo qué estábamos haciendo, alguien lo dijo para perjudicarme -le alegué como cabra chica, y lo que me contestó me dejó helada: 

-A veces, la gente que tenemos más cerca es la gente que más nos hace daño. Pero no te preocupes, a nadie le importa tanto. La iglesia y la televisión tienen temas mucho más importantes que atender. No van a perder su tiempo con ustedes. 

Volví a mi casa agotada. Tenía los pies hinchados de tanto caminar, y los ojos inflamados. El Rafa dormía en el suelo, de espalda. No lo quise subir a la cama, porque cuando lo despierto me grita fuerte. 

Estaba tan cansada que dormí como nunca. Por primera vez, desde que apareció la virgen, no tuve angustia. Soñé que dormía con ella, abrazada, apoyada en su busto blandito, y que me daba un beso con sus labios de hombre. Dormí tan profundo que no escuché al Rafa tratando de respirar con la boca llena de vómito. 

Desperté tarde, y lo vi, ahí, tirado, con la cara azul, con las costillas marcadas, los moretones en las caderas y la piel de la guata casi pegada al suelo. Me puse su polera, me hice un tomate bien parado y limpié la casa. Saqué toda la basura que había. A él lo saqué de último. Lo arrastré por las piedras de la calle hasta la plaza. El sol le iluminó las puntas del pelo y le formó una aureola que rodeaba su cabeza. Le acomodé las manos a los costados del torso paraa que no se viera desordenado y le di un beso en la frente. Chao, Rafita. Me puse de pie rápido y me sonaron los huesos de las piernas. Caminé hasta la puerta del cura, que es por detrás de la iglesia, y le avisé que un angelito había caído del cielo en la plaza de su digno pueblo. Varia gente ya se había juntado a mirarlo, y las señoras le tapaban los ojos a los niños. Llegaron las viejas beatas con rosario y chalina negra. Llegó el dueño de la carnicería con olor a chancho, con su hijo a la siga. También llegó la señora que vende comida. Se llenó de gente. Pero esta vez, la tele no llegó.